Pensándolo bien…


Quiero comprar las cosas que brillan, las que son huecas, las blancas, también las azules y además los dulces. Voy a comprar la tarjeta esa que tiene las luces amarillas de la calle. Voy a comprar el dos por uno en las plaquitas de cobre, un vaso o una taza, un llavero.
Tienen unas campanitas de plata, que son de albaca, brillan igual. Una cucharita con un tallado de la catedral. Un encendedor con un dibujito rojo.
Un caballito para tequila y un platito para no se qué. Voy a comer un helado de mamey para que mi mente vuele lejos.
Después uno de zapote porque de esos no hay en donde sea, éste mucho rato después para que no se lleve el otro sabor. Un montón de postales de las viejas, que están amarillosas y otras que son color sepia, a lo mejor con señores que no conozco y que me recuerdan a mi abuelo, al que no conocí.
Un paquete de papel picado, con la misma figura toda, anaranjado y amarillo, pienso en adornar una mesa cualquiera. El florero de barro con figuras de alguien y de nadie de muchos colores.
Unos alcatraces de colores vivos y exagerados, que no combinen entre si. Busco charamuscas, parecen feas ahora, saben peor aun, a piloncillo viejo
Un trompo y un balero.
Unas tablitas que se desdoblan no sé como, unidas por un listón, suben y bajan. Una caja de madera cruda, de la que sale una serpiente con un clavo como lengua y que pica los dedos cuando se abre.
Una campanita de cobre blanco y rojo que suena suavecito, tilín, tilín. Voy a caminar otras cuadras, voy a pasar mis dedos por las paredes de cantera rosa. No voy a hablar, no voy a pensar, voy a sentir que la calle es de esponjas. Voy en silencio entre los ruidos y ruidosa yo entre el silencio.
Pensándolo bien…y con este ruido y este silencio incongruente, me detengo a ver que…de nada servirán mis compras absurdas. Que nada de eso quiero, ya los imaginé a todos en un cajón cualquiera de cualquier mueble empolvado. Sé ya, que ni las plaquitas de cobre las voy a colgar y que jamás exhibiré mi florero escandaloso cargando los alcatraces que se decolorarán a la primera luz de sol.
Que a donde voy, nada de lo que presuma será suficiente para que lo vivan los de allá. Las tablitas esas de madera que se desdoblan acabarán en la basura un día después de la limpieza.
Nadie tomará la charanda en el caballito ese de vidrio. Y la cucharita con la catedral jamás será usada. Si lo pienso mejor…Quiero doblar ésta calle por la que ando y meterla en mi morral con todo lo que hay en ella, cuando regrese a ese, mi lugar, la desdoblaré igual que las tablitas y caminaré por ella una y otra vez con los demás, con los que no conocen lo que me hace mover el alma, los llevaré detrás y enfrente de mí, caminarán por la calle, y rozaran sus dedos sobre la cantera, igual que yo. Compro solo la campanita y la calle no la pude acomodar en el morral.
Regreso con la imaginación cargada y soñando que los míos, que los demás no saben lo que pasa dentro de mi cuando recorro esta y todas las calles. Será, como muchas otras cosas, algo solo mío, que comparto con nadie, porque nadie sabe de Morelia y las cosas que me dice cuando estoy cerca de ahí.
Y Pensándolo aun mejor…me quedo con mi recuerdo, con el sabor de la nieve de mamey y zapote, con mi memoria, con mi campanita de cobre que suena suavecito tilín, tilín… y con mi Calle Real en el corazón. L.Ruiz. De. No veo, no siento, no soy (2010)

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