¿Era?


¿Y viste el cielo? ¿Te fijaste en el horizonte?
Siempre lo veo, siempre me fijo, era todo tan lejano.
¿Era?
Sí, como esas veces cuando vuelves a la casa de la abuela y el jardín se redujo, los columpios no son tan altos ni las cuerdas tan largas, cuando gritas en el patio y tu voz se aleja hasta la casa de enfrente. Como cuando la carrera por la cuadra era eterna y tomaba sudor y rapidez para llegar a la otra esquina. Todo era tan grande, tan lejano, tan inalcanzable.
Subir un cerro y cruzar un río requería, además de valor, de tiempo. Eso tan imponente ante los ojos, ese querer llegar, lograrlo y regresar. Comer galletas y seguir corriendo, detenerte a beber agua de la manguera en la casa del vecino.
!Éramos tan pequeños!
Hoy, las estrellas se ven aquí, en la punta de la nariz. Se puede rasgar el cielo con las uñas y alcanzar el horizonte en tres zancadas, la voz rebota en las paredes, ya no hay eco ni voces que respondan en el aire. El espacio de los cerros y los montes se llena y se rellena de concreto y modernidad.
Cada día todo es más cercano, todo queda manoseado porque todos lo alcanzan, todo se ensucia tan rápido. No, no es que ahora sea grande, seguimos siendo y somos aún más pequeños que antes, es solo que alrededor todo se junta, oprime y el horizonte cada vez se ve más cercano, como limitando la posibilidad de llegar más lejos.
O, ¿es que ya llegué a donde debía llegar? L.Ruiz 2015

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