Inventar un cuento


El Ogro de enormes ojos color amarillo, encendía con emoción la fogata con ramas recién cortadas del cielo morado. Su casa, la superficie del mar, allá donde nadie puede llegar, un apacible lugar de olas extrañas que más parecían sábanas de seda con las que cubría su inmenso ser en las noches de frio boscoso. Colocaba pues, las ramas en forma de triángulo, apuntando a los últimos rayos de sol que fueron los que iniciaron las tenues llamas coloreadas de brillos dorados y azules. Avivaban el fuego las gotas de agua que salpicó un conejo cuando perseguía a su presa.

Mientras el fuego crecía alumbrando la noche blanca, el Señor Ogro escribió una aplazada carta a la vecina de sus profundidades, una no tan hermosa sirena de cuatro aletas, pequeños ojos de coral negro y un larguísimo cabello muy parecido al pelo de los elotes de la milpa a mil kilómetros de distancia. Haya sido el cabello, quizá la herencia de su padre el espantapájaros y los ojos miniatura de su madre la cuerva más revoltosa del sembradío.

La sirena no sabe, sólo imagina que esa puede ser la razón y se inventa su origen, a nadie le importa de todas maneras. Ella vive en el fondo del mar, en una casona construida hace siglos por algún extraterrestre que cayó accidentalmente de su nave, cuando un terremoto sacudió Júpiter. Además de cepillar su cabello con la aleta de un pez vela que tuvo la suerte de ahogarse a las puertas de su casa, le gusta salir a pasear por los alrededores y de vez en cuando camina en la superficie, hasta que alguna ola de mármol la empuja hacia las arenas.

Una de las veces, en que la sirena vagaba por la superficie, el Ogro la miró asombrado, no por su belleza, sino por la rareza de criatura que presumía de saber caminar. Su cola triangular tropezaba con su cabello y sus pasos no eran más amplios que apenas unos centímetros, más le recordaba a un pingüino deforme caminando entre las rocas de un volcán.

Y el Ogro rió de buena gana, le parecía divertida la hazaña de aquella princesa del mar, atreverse a salir a caminar, cuando su mejor estilo, seguramente era deslizarse entre las olas.

De todas formas salir a verla lo distraía de sus pensamientos rutinarios y decidió un día llamar su atención; gritó lo más fuerte que pudo cuando la vio bajo los rayos del sol quemante. El grito del Ogro tronó de tal manera que la sirena asustada entró de inmediato a las aguas y se escondió en su casa por meses. El Ogro seguía gritando, se rindió, supuso que gritar no había sido lo más adecuado y pensó en otras formas. Nada le resultaba, brincó sobre el agua y lo único que conseguía era hundirse, cantó la única canción que se sabía y los cielos se le echaron encima. Cada vez que aquella cosa aparecía, inventaba una nueva treta y no conseguía siquiera que los pequeños ojos lo miraran.

Una mañana de invierno el Señor Ogro decidió rasurar su rostro, peinar sus cabellos y lavar sus dientes, se puso su mejor corbatín de moño anaranjado y el pantalón más elegante que poseía, uno que se hizo con piel de peces que arrastró la marea en una noche de descargas eléctricas.

Esperó paciente sentado en el tejado de su casa con los pies metidos en el agua, toda aquella galanura carecía de zapatos, es por ello que decidió sumergirlos entre las olas.

Preparó su mejor sonrisa para alumbrar a la caminante, con suerte que la mañana le sonrió también al Ogro pues la dama de los cabellos de elote pasaba como siempre, con recortados pasos. Los dientes del Ogro brillaron de tal manera que aniquilaron los pequeños ojos de coral negro. Ella, encandilada cubrió su rostro con los cabellos y caminó despacio hacia aquella desconocida luz. Temerosa, brinco a brinco, llegó hasta la orilla de la casa, apartó los cabellos de sus ojos esperando encontrar lo que estaba detrás de la luz.

Asombrada vio a ese gigante que seguía sonriendo. Ella lo observó detenidamente de arriba abajo, desde su pelo peinado con babas de cangrejo hasta sus pies metidos en el agua. Quiso preguntarle qué era y no supo si su lenguaje sería entendido porque al querer articular palabra, de su boca salieron un montón de burbujas de metal que fueron a estrellarse en la cara del Ogro.

El Ogro tampoco supo que decir y guardó su sonrisa para sacar del bolsillo de su pantalón, aquella carta que tenía preparada para el feliz encuentro. Extendió su manota y acercó el papel a la mano de su visitante curiosa.

Ella la arrebató, brincó tan alto como pudo, en el aire dobló su cuerpo y se clavó en la ola dorada que pasaba junto a ellos. Desapareció y el silencio volvió a ser el mismo de siempre.

En su casa, la doncella del mar, preparó un jugo de arena endulzado con lirios, acercó su sillón favorito a la lámpara de aceite, sacó la carta y se dispuso a leerla:

 “Muy querida criatura del océano: Escribo éstas letras en un papel de estraza de las últimas tortillas que compré y está escrito con la tinta de un pulpo polar, es de un raro color y no podía ser de otra manera, tu rareza combina con todo. Voy a preparar una deliciosa y extravagante cena la próxima noche de luna verde y me gustaría contar con tu compañía. Te espero a la hora que canten las urracas apenas de esconda el sol. Atentamente: El Ogro de Altamar.”

Como toda fémina vanidosa se levantó de prisa y sacó de su armario todos los atuendos de fiesta que tenía.

Dos, para ser exactos al tiempo que se miraba en el espejo, decidió que un buen maquillaje también ayudaría, luego sacó de su cajón el calendario de las lunas, la verde estaba próxima a aparecer. Pensó en aquel ser del tejado y trató de imaginar cual sería la extravagante cena que tendría a bien ofrecerle.

El Ogro mientras tanto, preparaba su equipo para ir en busca de los ingredientes para la cena. Subió a su bicicleta, acomodó la canasta al frente y salió a toda velocidad. Regresaba por la tarde cargando un fabuloso puerco, un cazo de cobre, dos palas de madera, un cartón de cerveza y se dispuso a cocinar las mejores carnitas de su vida. La Luna verde estaba por aparecer, el Ogro ultimaba detalles mientras la sirena se dirigía hacia la parada del transporte público.

Puntual, como siempre, el camión de pasajeros la Ballena Pública que siempre iba vacía se detuvo, abrió la puerta, la doncella del mar subió despacio para tomar su asiento, cuando sus ojos de coral negro se encontraron con los del chofer de la ballena.

Un toque eléctrico chocó por los aires, los ojos del chofer Rigo Tovar y los de la rara criatura quedaron impactados, dice Rigo que era una lindísima sirena, nadie lo creería en realidad pues además, se dice que el famoso chofer estaba perdiendo la vista. Así que, entre los ojos pequeñitos de ella y la ceguera de él, el amor estaba destinado.

El Ogro miró la Luna Verde, observó el enorme caso lleno de carnitas y dirigió su mirada a lo lejos. Su compañera no llegaría, en el camino habría tomado otra decisión,

La fogata fue apagándose lentamente, el Ogro bostezaba y sus tripas rechinaban de hambre. Decidió comer unos tacos, tomarse un par de cervezas y se echó a dormir. La fogata se extinguió por completo y la luna verde, jamás volvió a aparecer. L.Ruiz y los alumnos de gris. 2014

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