Atrapador de gallinas

La incongruencia del aplauso

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De la Administración Municipal de la Cultura

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Suicidio y medias vidas

 

Leí una vez hace muchos años, un artículo en una revista (Selecciones del Reader’s Digest) que hablaba del suicidio. Decía algo así como “¿Está usted pensando en suicidarse? Piense primero cómo.  Después sepa que cuando usted se muere, se le salen todos los líquidos y los fluidos del cuerpo, es decir, se caga y se mea”
La sola lectura y la impresión de imaginar a un colgado, cagado y meado, me provoca un espasmo. Imagino también a la familia que tendrá, además de descolgar al muerto, limpiar aquel mugrero entre lágrimas de angustia, coraje y mucho pesar.

La sensación de pensar en el suicidio como cosa de solución a un gran o un diminuto problema, me parece más como cosa de castigo a las personas que lidiarán con esa imagen, con esa casi vergüenza social y sobretodo con esa historia como parte de la genética familiar.
Pienso que todos en algún momento hemos pensado “me quiero morir de una vez” y el día cambia, la noche llega, el sol siguiente aparece y desaparece también la idea funesta de que querer morir por puro gusto,  por pura desilusión, o por pura necedad.

No me parece que sea una cobardía personal, porque más cobarde es quien no se atreve a vivir mientras está respirando y nunca piensa en quitarse la vida. Tampoco me parece que sea un acto de total valentía, porque si se tiene valor para darse un tiro, o preparar el escenario para colgarse, con seguridad habrá valor para seguir viviendo a pesar de lo que sea.

El cerebro humano y la humanidad misma han evolucionado en tantos aspectos y al mismo tiempo se ha detenido en otros tantos. Por supuesto nunca se sabrá lo que pasaba por el cerebro del suicidado, aunque se sepa con exactitud su vida y sus malestares, aunque por desventaja se le dé la razón,  las etiquetas de cobarde o valiente no le pertenecen a quienes deciden quitarse la vida.
La historia que duró diez minutos en alguna parte de mi vida, no tiene explicación, no se trataba de querer o no querer. Se trataba de enojo y soledad. A mis 21 años, con una pistola, cartucho cortado apuntando a mi sien y mis ojos mirando a lo lejos (la pared a dos metros enfrente) entre sacar la pistola, -una que debió ser de mi padre, y que inexplicablemente estaba bajo un colchón- seleccionada a mi frente primero, luego a la sien derecha, revisar el cuarto y “prepárame” para disparar.

Imaginé en donde quedaría mi cabeza estrellada, a dónde se irían mis sesos y el lugar en donde quedaría mi cuerpo inerte. La sola escena de ese cochinero, me hizo descargar la pistola y volverla a su lugar.
No sé si fue esa lectura en la revista que, aunque no la recordé en el momento, quizá se había quedado guardada con puntos y comas justo ahí dentro, donde la pistola apuntaba y haya sido eso, lo que me hizo detenerme.

Si recuerdo que mi vida era un desastre y que mi camino no tenía aparente destino. Hoy lo veo de lejos y cada vez que me entero de un suicidio, pienso que todos debieron haber pensado y leído ese pequeño texto que definitivamente dibuja una realidad que no tiene nada de dulzura y compasión, es como es, no hay más. A menos que la idea de suicidarse sea solamente por amargarle la vida a los demás.

No puedo hablar de personas con enfermedades mentales o personas adictas a las drogas que pierden total consciencia cuando de conseguir una dosis se trata, porque en la desesperación por la “malilla” son capaces de acabar con la vida de otro o con un poco de suerte –para ellos- la suya.

Suceden suicidios de indigentes y adictos en los últimos meses en Tijuana, desde que se “limpió” la canalización del Rio, los barrieron como basura en una escalera, solo que en lugar de arriba para abajo, como debe ser, insisten en barrer de abajo para arriba y así, jamás una escalera quedará limpia. Y decían que los habitantes de la canalización eran solo migrantes.

Cada ser humano que quiera pensar en el suicidio, debería saber con exactitud, qué quedará alrededor después de su último suspiro, además de la carta póstuma y qué historia cargará la familia el resto de sus vidas. El comentario por sí mismo suena sarcástico y burlón, sin embargo no está exento de ser una pura y verdadera realidad.

Dice Miguel Barbosa en el programa de Eduardo Ruiz Healy que el tema del suicidio debe ser asunto de Estado. El estado tiene ya tantos asuntos inconclusos, tantos asuntos politizados, tantos asuntos sin ton ni son, no le den vueltas ni inventen otro programita para bajar recursos. El tema del suicidio, de  violencia, de acoso, de maltrato, de drogadicción,  ha sido y siempre debe ser un asunto interno y debe ser tratado dentro de la más poderosa  Institución que se llama Familia.

Luisa Ruiz 2015